viernes, 24 de agosto de 2012

Una solución


Hacia calor esa mañana y una niebla espesa cubría cualquier indicio de pensamiento. Desayuné sobrecargado, me vestí y salí determinada a ese lugar. Hoy era el día.
Caminé varias cuadras y me detuve ante la puerta de la tienda. Era un local antiguo con escaparates de madera y puertas de vidrio muy altas. Tenía en sus vidrieras escrito con letras barrocas y doradas la palabra “Variedades”.
Abrí la puerta y entré. Había olor a antiguo en el lugar, olor a maderas y colonia marina. Las paredes eran todas de espejos y los estantes llegaban hasta el techo. En cada uno de ellos había una miscelánea de cajas, cajitas, latas, estuches, frascos, que era imposible definir qué contenían. Era como un zoológico de objetos extraños y atractivos.
Desde el interior de la tienda se acercó un señor calvo muy entrado en años, con bigotes y delantal celeste. Me sonrió y me observó de pies a cabeza. Apoyó sus manos sobre el mostrador de vidrio y tamborileó sus dedos. Tenía las manos regordetas como un manojo de bananas, de manera que cada uno de sus dedos sonó como un golpe de gong.
- Buen día, quisiera un frasco de ideas, por favor.
Volvió a mirarme de arriba abajo pero sin sonreír. Entrecerró los ojos y se mantuvo en silencio creo que varios minutos. Como un detective de caricatura me soltó:
- Ideas de qué tipo?
- Ideas, ideas lindas, útiles. Que sean creativas, atrapantes, algo así. Sutiles, también, pero con tendencia a crecer, a exagerarse. No muy artificiales, sino lo más naturales posible. Humanas, digamos. Algo así.
- Hay un gran surtido, usted verá. Y al mismo tiempo una cantidad limitada, no sé si me entiende.
Lo miré confundida. De repente se había estirado unos veinte centímetros. Le creció el pelo y su voz ahora sonaba gruesa, abismal. Se había vuelto poderoso.
- Las ideas no son para cualquiera, señorita. Despiertan imágenes, percepciones, sensaciones, pensamientos. Las ideas pueden cambiar el mundo. El suyo, el mío, me entiende? – sus ojos se abrieron y casi no pestañeaba – Depende también para qué las quiere; no es cuestión de andar desperdiciando ideas en manos de cualquiera, que luego las consecuencias pueden ser desastrosas.
- Comprendo. Pero lo mío es muy sencillo. Deme un frasco chico, y en todo caso si no me alcanza vuelvo por más. Sólo quiero probar, no quiero enviciarme tampoco.
- Las de allí arriba- dijo señalando un grupo de botellitas rojas que estaban en lo alto- son propicias para gente de su edad. Inofensivas, pero explosivas. Sin embargo, tienen un costo muy alto. Le convendría empezar por éstas.
Sacó de abajo del mostrador una cajita triangular y la abrió. Un brillo furioso relampagueó y tras él aparecieron unas canicas plateadas diminutas.
- Son más económicas pero muy rendidoras. Le puedo asegurar que para empezar, son unas ideas deslumbrantes, hasta exóticas –en su boca asomaba una sonrisa de diablito simpático.
Desde lo alto, las botellitas rojas estiraban sus brazos hacia mí y susurraban como ninfas de un mar envenenado; las latas que estaban a la izquierda abrían y cerraban sus tapas como platillos furiosos de una orquesta alocada . Los frascos de más arriba me silbaban y guiñaban sus etiquetas seduciéndome; todos querían venir hacia mí. El escaparate de la derecha bailaba una danza del vientre bestial y sus frascos se movían como moneditas histéricas. Las canicas saltaron desde su caja al mostrador e hicieron un número de tap a lo Gene Kelly, riéndose y tirándome besitos.
- Quiero éstas, pero quiero ésas también – dije señalando las botellitas rojas – Si puedo pagarlas, quiero todas, deme todas, las quiero ahora. Ahora, lo pago, dígame cuánto, vamos, dígame! - grité un poco enajenada. Me sentía como la Cenicienta en una tienda de descuentos.
Todo volvió a un silencio demencial. Cada caja se cerró, cada frasco se calmó y todo el lugar quedó callado y quieto. Hasta el viejito volvió a su estatura normal y adquirió su aspecto de abuelito dulce del principio.
Comprenda – me dijo apoyándome sus dedos gorditos en el hombro – No puede tener todas las ideas que quiera. O tiene unas, o tiene otras. No hay lugar para tanto. Tiene que elegir.
Nos miramos y entendí que tenía razón. Me había dominado el deseo de poseer toda la creatividad del mundo. Estaba ahí, al alcance de mi mano, en un montón de frasquitos que me miraban con cara de carnero degollado o me seducían con su frenesí. Los quería a todos, todos para mí. Comprendí mi debilidad  y nos reímos para cortar el ambiente.
El señor de los bigotes me envolvió el triangulito perlado y me guiñó el ojo. Antes de salir del lugar, sentí vocecitas que gemían frases tales como “a mí”, “no te arrepentirás”, “yo soy para ti”, entre otras. Giré sobre mis talones pero todo estaba en su lugar, hasta el viejo, que me saludó en silencio.
Volví a mi casa, me tomé todas las canicas, y esperé.
Y esperé.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Clics modernos


- Estoy con ataque de libertina hoy, así que no me importa nada de nada.
La charla era telefónica, por lo cual la veracidad del planteo no podía ser comprobada. Mi amiga Bere es una apasionada momentánea. Tiene arranques de telenovela venezolana, pero esos arranques duran menos que la tanda publicitaria.
- No me importa ni lo que diga la gente, ni lo que diga mi familia, ni lo que diga yo misma, así que hoy desenfreno, libertad total de acción. Voy a comer todo lo que se me antoje, voy a llamar a todo el que se me de la gana –me atienda o no- , si quiero me emborracho, pinto la pared con aerosol, y me rapo el pelo a cero.
- Quizá eso no sea tan aconsejable; de lo único que no te podés arrepentir es de raparte. Por lo menos tres meses hasta que dejes de parecer un clon de Sinnead O’Connor.
- Pero vos de qué lado estás? Igual no me importa lo que digas, te repito, voy a hacer lo que quiera. Hoy no voy a usar la cabeza. Hoy –y ojalá me dure- no me importa el papelón. Por eso voy a hacer todas esas llamadas que no hice porque me quedé con la duda. Ahora por lo menos van a tener un argumento por el cual no me llamaron más, capito?
- Está bien Don Corleone. Me alegra saber que si en algún momento te cruzás con alguno de los infelices que vas a llamar más tarde, vas a pasar por al lado con orgullo.
Aquí fue donde pensé en mi deber como amiga. Debo empujarla al ridículo? A las acciones que vienen engrampadas con la frase posterior “ojalá me trague una planta carnívora”? Tengo que prevenirla sobre su inconsciencia infernal? O simplemente la dejo y que haga lo que quiera, contá conmigo, etcétera? Después de todo, no me está pidiendo consejos. Libertad total de acción.
- Tengo un vestido dorado muy ochentas, de esos medio arrugados. Vos podrías usar el enterito de lunares flúo y salimos a tomar unos tragos, esa es una buena opción.
De qué me sirvió la reflexión anterior? No sólo la estoy empujando, sino que le estoy regalando un motor de Scania doble cabina conmigo adentro.
- Y luego hacemos todas las llamadas a cualquier hora, como anónimos. Y cantamos alguna de Valeria Lynch o los Enanitos Verdes, y les rompemos bien las bolas a todos. Y después podemos ir con los aerosoles y pintarles los autos tan aburridos que tienen, sobre todo a ese trío que no voy a mencionar.
Qué me pasa? De repente amo el vandalismo?
- No, lo de los autos no, es un poco fuerte – dije un tanto avergonzada de tanta sinceridad inútil.
- Me estás dando un poco de miedo – dijo Bere.
- Bueno, quedémonos hasta lo de las llamadas, por ahí en vez de Valeria Lynch puede ser otra cosa, no sé. Alguna de mariachis?
- Me parece que mejor me voy a quedar acá pensando; con lo que dijiste me doy cuenta que no me sirve de nada la venganza. Aparte el alcohol me hace muy mal, vos sabés. Me hago un baño de crema, miro una película, así me tranquilizo. Si cambio de opinión te llamo.
Tanto pensar en cómo debía aconsejarla y terminé descarrilada en la autopista de mi propio libertinaje. Pero la emoción de Bere fue más corta que la propaganda y no alcancé ni a ver los títulos. Sólo fui hasta el ropero, me puse el vestido dorado y confirmé que el ridículo es mejor cuando se hace de a dos.